El gomón está listo para recorrer el río Chiriquí Viejo, cerca de la frontera con Costa Rica. Después de la charla de seguridad, llegan los momentos de vértigo cuando la balsa sea una cáscara indefensa en el agua brava.

    El guía nos prepara para uno de los rápidos con instrucciones y algo de humor. “Esta parte del río no tiene nombre, pero nosotros la llamamos la hijueputa. Ya van a ver por qué. ¡Remen!” ordena con autoridad y todos obedecemos.

    Cuando esquivamos una de las rocas inmensas, el guía lanza una máxima que en el grupo quedará para el resto del viaje: “¿Saben qué…? Mejor, se arruina”.

    Panamá tiene el vértigo y la belleza del rafting. Pero ofrece mucho más que eso y que el famoso canal como una de sus maravillas.

    El país es un viaje a islas -sólo San Blas tiene unas 365 y les gusta decir que son una por cada día del año- y playas a lo largo de casi tres mil kilómetros en los dos océanos.

    Allí está la selva densa de las Tierras Altas de la provincia de Chiriquí. El legado de sus siete pueblos indígenas. El pico imponente del volcán Barú. El café. El ron. La maravilla de más de 950 especies de aves (más que Canadá y Estados Unidos juntos), la letanía lejana de los monos aulladores, el color casi inverosímil de una rana…

    Acá va entonces un diario de viaje -con sólo algunos de los tantos destinos posibles- de la selva al mar, del Pacífico al Caribe.

    Rumbo a Boca Chica

    Apenas el avión aterriza en la ciudad de Panamá, el viaje pide un esfuerzo más para dar un salto directo al verde: otro vuelo, en este caso de cabotaje hacia David, al oeste del país y capital de la provincia de Chiriquí. El aeropuerto es pequeño, de esos en los que sólo toma unos minutos llegar, bajarse y emprender la ruta hacia la primera parada: Boca Chica.

    El camino muestra un verde denso de sus bosques. Por la ventanilla de la combi aparecen las primeras postales del viaje: una plantación de arroz, otra de maíz, unos chicos jugando al béisbol, el deporte más popular en estas tierras.

    Boca Chica es un pueblo pequeño, de apenas 300 personas, que se suele usar de base para visitar la maravilla del Parque Nacional Marino Golfo de Chiriquí.

    En unos pocos minutos, llegamos a un muelle en el que espera una lancha para el tour por las islas de este ecosistema de 150 kilómetros cuadrados de pastos marinos, manglares, arrecifes de coral y, por supuesto, islas vírgenes.

    Al principio del viaje, cuando recorre los manglares, el motor de la lancha es apenas un susurro audible. Después, viene el mar todo entero para nosotros.

    Vamos a buscar delfines -acá se encuentran ejemplares del nariz de botella- cerca de la Isla Boca Brava; entre julio y octubre se pueden ver ballenas.

    Mientras tanto, la mirada se entretiene con los cormoranes, con las gaviotas, con los piqueros que pasan leves por el cielo…

    La paciencia tiene su premio: aparecen los primeros ejemplares. La patada ondulatoria, el espray que arroja su respiración, el silencio que sobreviene cuando nos gana la maravilla. El click click click del obturador de las máquinas, que muchas veces no logran hacer honor al momento. La maravilla es breve y hay que seguir viaje.

    Después de una pequeña parada en la Isla Bolaños para hacer snorkel, llega el turno de la Isla Gamez. Es un pequeño pedazo de tierra de origen volcánico en el medio del Pacífico, llena de almendros y palmeras salvajes.

    Cuando la lancha llega a esa isla desierta, con el agua de un color imposible, todos nos ponemos eufóricos. Quizás por la posibilidad de ver una isla virgen en el siglo XXI. Quizás por el nado plácido después del almuerzo.

    El guía propone una breve caminata para tener una panorámica de la isla. Alguien grita el consabido “Wilson…” en alusión a la película “Náufrago”, protagonizada por Tom Hanks.

    Café, ron y volcanes

    Al día siguiente, es el turno de Boquete, en las faldas del Volcán Barú, un destino de montañas, aventuras y senderismo. El lugar, ubicado en la Tierras Altas de Chiriquí, es ideal para el cultivo del café.

    Don Pepe Estate Coffee es uno de los establecimientos, que ofrece un tour completo de la planta a la taza.

    El guía Carlos Jurado bien podría ganarse la vida también como humorista de stand up. Con cada dato, construye un chiste y no deja de dar datos precisos sobre la cultura del café, muestra las plantas, enseña cómo degustarlo y lanza una máxima: “Si le pones leche, azúcar o crema, lo que buscas es sacarle al café algo que no te gusta”.

    La finca produce siete variedades a pequeña escala comparado con otros países (cien mil kilos anuales), entre ellas una que es la joya: geisha. Se originó en Etiopía y llegó a venderse en Panamá por 350 dólares la libra (casi medio kilo).

    La cata es detallada, con todos los pasos para saborear un café. Amargo y sin ningún agregado, por supuesto, como dice Carlos.

    El día sigue con catas, pero de bebidas más espirituosas. El tour de ron La Solera explica la producción de Carta Vieja, el más antiguo del país producido desde 1915.

    En el medio de las vasijas de roble, se aprende el proceso: las mieles, los jugos, la melaza, la caña y ese líquido glorioso que primero raspa y después sabe a gloria fruto del tiempo y del silencio. A la hora de la cata, reparten una planilla de evaluación sensorial para hacer un examen visual, olfativo, gustativo y en copa seca.

    “El primer sorbo es duro, sabe a alcohol. El segundo ya entra dulce”, dice el guía como una forma de invitación.

    A la tarde, cuando la lluvia cesa -en Panamá llueve bastante para qué negarlo-, la adrenalina vuelve con un paseo por los puentes colgantes de Boquete. Es un recorrido por siete plataformas, que van desde los 10 a los 75 metros de altura. Atravesarlos es sólo la excusa de un poco de vértigo.

    Como pasa muchas veces, el premio está en el camino. Es un maravilloso bosque primario de cenizos, robles y magnolias; allá abajo se ven helechos gigantes y rosas de montaña. La caminata a través del puente más alto llega a la copa de los árboles y abajo se escucha el murmullo del río.

    Observación de aves

    Después de la excursión de rafting -de la máxima “mejor se daña” de nuestro guía amigo-, llega el turno de una de las maravillas que ofrece Panamá: los santuarios de observación de aves cerca al Parque La Amistad, que comparte el país con sus vecinos de Costa Rica.

    El acceso al Mount Totumas, uno de los resort que ofrecen el servicio, no es sencillo; se llega a la ruta y desde allí una cuatro por cuatro nos busca para acceder al hotel. El desafío vale la pena: internarse en un bosque nuboso en el país que alberga casi un millar de especies de aves.

    La excursión comienza con el guía Reinaldo. Cuando damos los primeros pasos, caen leves y menudas algunas gotas.

    “Es un bajareque. Pasa rápido”, dice sobre lluvia fina y ligera propia de estas zonas de montaña. En esta excursión, Reinaldo es una suerte de superhéroe cuyo poder consiste en ver lo que nosotros no podemos. Su mirada está entrenada, después de una vida en estos campos, para ver pequeñas aves, algunas más mínimas que la mitad de la palma de una mano.

    Cuando las visualiza, apunta su puntero láser en un tronco y sigue el recorrido de las ramas. Para los que aún así no podemos verlos, planta un largavistas mono ocular con su trípode e invita a ver la maravilla a través del lente: los colores vivos de una clorofonia, la cresta roja de un carpintero, un tángara roja.

    No es fácil porque su temporada terminó, pero los especialistas del paseo preguntan por el quetzal. Dios del aire, es considerada un ave sagrada por los mayas y aztecas; las plumas de su cola eran veneradas como una alegría del crecimiento de las plantas. Reinaldo no promete nada, pero lo intenta. Usa unos parlantes y una aplicación, que reproduce un sonido para llamarlos. Nada. Una leve desilusión se adueña del grupo. Un par nos separamos con él y al cabo de un tiempo él detiene el tiempo.

    “En aquel árbol”, dice alejándose del grupo. Todo es silencio y una leve tensión. Nadie quiere hacer ruido ni con los pasos ni con un suspiro desmedido. Reinaldo planta el largavistas en un punto y bingo.

    Ahí está: un macho con su cola larguísima de un verde metálico y el pecho rojo. Todos -incluso los que no somos especialistas en el tema- nos quedamos maravillados. Quizás por el quetzal. Quizás por el sigilo del guía. Quizás por la felicidad instalada en la cara de los amantes de las aves.

    El paseo termina con la observación de un mono aullador orondo. Alguien juega a imitar su sonido, que el animal responde. Otra buena opción en Mount Totumas es una caminata vespertina hacia unas aguas termales.

    Del bosque nuboso al Caribe

    Es el plan del día siguiente al trazar el camino entre Volcán (Chiriquí) y el puerto de Almirante, la ciudad que pertenece a la provincia de Bocas del Toro en el Caribe de Panamá. Desde allí parte una lancha camino a la Isla Colón.

    “El mar está plato”, dice uno de los hombres que maneja la lancha. Y tiene toda la razón del mundo. El mar es una sábana sin arrugas, cuando cae el sol y el celeste del agua va perdiendo su intensidad.

    Isla Colón es un lugar ideal para hacer base en el Caribe y recorrer varias islas.

    En Bastimentos, se puede conocer a parte de la comunidad indígena Ngäbe, que enseñan cómo es su producción del cacao. Un snorkel en el Jardín de Coral amerita una parada en la lancha. Luego, en los mangles de Bahía Honda buscamos -y encontramos- al oso perezoso. Y llegamos a un lugar al que irónicamente llaman Hollywood por la cantidad de estrellas… de mar.

    Cuando llega la noche, la cena en el Caribe tiene no sólo la brisa del mar sino también sus frutos: langostas, camarones, pulpo con arroz de coco y un pastel helado de lima, entre otras delicias. La charla se va moldeando hasta diluir el tiempo, mientras se escucha el rumor suave del mar.

    Alguien muestra orgulloso la foto de una rana diminuta a la que persiguió obsesivamente con su lente. Otros se quedan con la conquista que significó ver el quetzal. O sólo el ruido del agua del mar golpeando contra la lancha. La fuerza de un ficus estrangulando a un árbol en medio de la selva. El “diálogo” con un mono aullador.

    Quizás con esas palabras breves pero sabias, aquel guía de rafting tenía razón. Si alguien pregunta cómo fue el viaje, se puede pedir prestadas sus palabras y contestar: “Mejor, se arruina”.

    MINIGUÍA

    Cómo llegar. Copa tiene vuelos diarios y directos que cubren el trayecto Buenos Aires-Ciudad de Panamá. Pasajes ida y vuelta a partir de $290.000 pesos. El viaje dura ocho horas. 

    Cuánto cuesta. Un tour de todo el día por las islas del Golfo de Chiriquí tiene un costo de US$35, con un mínimo de cuatro personas. Si se realiza entre julio y octubre, existe la posibilidad de ver ballenas en el trayecto.

    En Boquete, un tour por los puentes colgantes, a través de un bosque tropical nuboso cuesta US$30; el mismo lugar ofrece canopy por US$65.

    El precio del rafting a través del río Chiriquí Viejo es de US$65 (incluye almuerzo, transporte y fotografías.

    Por más excursiones y para programar viajes a medida, también se puede consultar en Vapues Travel.

    Dónde alojarse. Una habitación doble en el hotel Selina Boquete cuesta US$45. También hay opciones más económicas -cuartos compartidos- a partir de US$30.

    Ubicado en la provincia de Chiriquí, Mount Totumas es un hotel y reserva de 161 hectáreas, en la que se pueden ver más de 258 especies de aves, monos y tapir, entre otros. Habitaciones con desayuno incluido desde US$155. Las excursiones de avistaje de aves se pagan aparte.

    En la Isla Colón (Bocas del Toro, Caribe), el Hotel Boutique Divers Paradise ofrece habitaciones en base doble a partir de US$84.

    Atención. En Panamá, las lluvias son frecuentes. Es conveniente llevar ropa impermeable adecuada.

    En el país hay dos temporadas: la seca y la húmeda. La primera corresponde a los meses que van de diciembre a abril y la temporada húmeda -o de lluvias- el resto de los meses. De todas formas, las lluvias son pasajeras y al poco tiempo se pueden realizar las actividades.

    En la mayor parte de su territorio, el país está cubierto por una tupida selva tropical. Es indispensable llevar gorro, protector solar y repelente para insectos.

    Diego Jemio.

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